Pero Ariadna no sabía que eso no podría cumplirse.
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martes, 13 de julio de 2010
Cuando se fuese le echaría de menos.
Allí todo olía a medicina y betadine. Las paredes blancas se te tiraban encima y te daban nostalgia de sol. El constante pitido que imitaba a un corazón rompía el habitual silencio. Ariadna nunca había entendido porque Dan tenía que estar allí encerrado durante tantos meses y, porque cuando lo dejaban salir tenían que volverlo a encerrar en poco tiempo. Siempre pensó que aquello era una cárcel que te robaba la vida suspiro a suspiro y recuerdo a recuerdo. Dan ni si quiera sonreía desde que estaba allí y Ariadna ya no sentía ese jubilo en el pecho al verle, porque las lágrimas se le atascaban en las costillas y moría de amor al verle tan delgado y pálido. Solo sus ojos grises como la tormenta, le recordaban a Ari que aquél era su amigo del alma, ese que una vez le había prometido estar juntos para siempre.
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